Bolonia, año cero
La reforma europea de la universidad ya está en marcha, pero la
modernización real de la forma de enseñar y aprender aún tiene grandes
escollos que salvar
El País - Updated on Wednesday, in March 10, 2010
¿Está cambiando el proceso de Bolonia realmente la universidad
española? Ya se han transformado la mitad de las carreras -se
sustituyen las licenciaturas y diplomaturas por grados de cuatro años-
y el resto estarán listas el próximo septiembre. Pero ésa es la
cáscara, ya que la idea de fondo, para muchos lo más importante de la
reforma en la que se han embarcado 46 países europeos para adoptar un
esquema común, es conseguir modernizar la universidad, es decir,
introducir los cambios necesarios para que los alumnos aprendan más y
mejor. ¿Está pasando eso?
En general, "el cambio está ocurriendo", pero son unos pocos
docentes y grupos los que tiran de la transformación, mientras sigue
imperando en gran medida "la inercia de las formas clásicas", asegura
el profesor de la Universidad de Valladolid Bartolomé Rubia, que lleva
años estudiando y formando en metodologías de enseñanza en los campus.
De lo que se trata ahora es de que el alumno sea el centro, que se
implique más y que la clase magistral -en la que el docente habla y el
alumno toma apuntes que luego memorizará y depositará en una hoja de
examen- sea sólo una pequeña parte del tiempo, completada con tutorías,
seminarios para grupos reducidos, con clases prácticas o trabajos
dirigidos. Y lo que ocurre ahora es que unas universidades lo están
haciendo mejor y otras peor, que unas facultades y departamentos hacen
esfuerzo y otros no y, al final, que unos profesores están cambiando y
otros no.
"Hay gente que se lo cree y cambia, pero también hay
gente que no. Es cada profesor el que decide", apostilla Diego Ortega,
secretario general de la Coordinadora de Representantes de Estudiantes
de Universidades Públicas (Creup). Pero no se trata sólo de las
resistencias de docentes reacios a que les muevan nada o les digan cómo
tienen que hacer su trabajo. "El cambio supone multiplicar por dos las
actividades de los profesores", sin embargo, no se reconoce el esfuerzo
extra, asegura Rubia: "Piden muchas cosas y te reconocen pocas".
La
Asociación Europea de Universidades (EUA, en sus siglas en inglés) ya
advirtió en un informe de 2007 de dos de las grandes dificultades de la
reforma: pretender ponerla en marcha a coste cero, sin financiación
extra; y el riesgo de que la transformación sea meramente cosmética, es
decir, que en el fondo no cambie en absoluto lo que se enseña y ni la
forma de hacerlo. Los dos problemas están relacionados y, como en
España Bolonia ha arrancado muy tarde, se encuentra ahora frente a
ellos.
En cuanto al primero, la crisis actual ahoga cualquier
posibilidad de mejora inmediata en los presupuestos de las
universidades. Y en cuanto a la cosmética, el informe del Ministerio de
Educación para revisar la financiación de las universidades señala ya
varios fallos. Por ejemplo, que los nuevos planes de estudio no han
reducido las clases presenciales como se pretendía, y que aún se tiene
que disminuir mucho el tamaño de los grupos, algo fundamental para el
nuevo esquema.
Pero, sobre todo, Rubia se queja de esa falta de
reconocimiento a los profesores que están haciendo sus deberes. Tanto
él como Rafael Sanz, de la Universidad de Granada y formador sobre el
trabajo de tutorías, fundamentales en el nuevo esquema, coinciden en
que ahora el cambio lo están llevando a cabo unos pocos profesores a
base de voluntarismo, pero que eso no puede durar siempre. El director
de la Cátedra Unesco de Gestión y Política Universitaria de la UPM,
Francisco Michavila, está de acuerdo: "No es un tema de que nos guste
nuestro trabajo, es que somos profesionales y es nuestra obligación".
Gran conocedor del tema -su cátedra hizo para el Gobierno en 2006 una
propuesta para la renovación de las metodologías docentes- asegura que
los recursos deben estar bien dirigidos, destinados a incentivar los
cambios.
En eso coincide el informe sobre financiación del
ministerio, pero no en la necesidad de más profesores que señala Rubia.
El texto sostiene que si se reducen de verdad las clases presenciales y
se reordenan los recursos docentes (hay muchos profesores para muy
pocos alumnos en algunas universidades y algunas áreas, y muy pocos en
otras) se resolverá. Eso está por ver, dadas las limitaciones de una
mayoritaria universidad pública con una estructura organizativa y
laboral muy difícil de mover.
Pero, en cualquier caso, aún
consiguiendo incentivar a los profesores y reordenar los recursos,
todavía quedaría formar a esos docentes -las nuevas tecnologías
aplicadas a la educación son una herramienta fundamental del cambio,
por ejemplo- y evaluarles, punto éste sobre el que hay todavía más
reticencias.
Y quedaría una pata más: la implicación de los
alumnos, muchas veces conservadores y acomodados en el viejo sistema y
hostiles hacia uno nuevo que también supone más trabajo para ellos. En
ese sentido, Diego Ortega, de Creup, se queja de la falta de
coordinación entre los profesores, lo que les hace no ser conscientes
de la enorme carga total de trabajo que se puede estar volcando sobre
el estudiante.
Por su parte, Francisco Michavila señala que, al
igual que al profesor se le ha de formar para los cambios, también hay
que preparar al alumno. Por ejemplo, con planes de acogida y
orientación, programas de integración o técnicas de estudio, ideas
sobre las que ya están trabajando muchas universidades dentro y fuera
de España. "Si el sistema les trata como a sujetos pasivos, serán
pasivos; pero hay que cambiar eso, forzarlos a asumir
responsabilidades", explica Michavila.